Hay nombres que el tiempo no borra,
porque aprendieron a vivir en el silencio.
El tuyo habita en un rincón de mi pecho,
allí donde la memoria florece sin hacer ruido.
No pregunto por los caminos imposibles,
ni le reclamo al destino sus respuestas.
Me basta saber que, en algún lugar del mundo,
la misma luna también roza tus versos.
Te llevo conmigo
como se lleva un poema que nunca termina:
entre las páginas del alma,
sin necesidad de pronunciarlo.
Y aunque la distancia escriba sus propias leyes,
hay pensamientos que no conocen fronteras.
A veces, sin querer, te encuentro
en la calma de una tarde,
en el aroma del café,
en la música del viento.
No te he olvidado.
Hay afectos que no necesitan presencia
para seguir latiendo;
les basta un recuerdo
para volver a encender el corazón.
Si alguna vez el silencio te habla de mí,
créelo.
Tal vez sea mi forma más sincera de decirte
que aún te pienso con la delicadeza
con la que se cuida un verso amado.
Porque hay amores
que no piden ser vividos para ser eternos;
les alcanza con existir,
en la distancia,
como la poesía…
que siempre encuentra el camino
hasta el corazón de quien la inspira.

