De repente, descubres
que el calendario no solo cuenta los días,
también guarda el eco
de todas las batallas que venciste en silencio.
Ya no eres quien miraba el futuro
con el corazón lleno de incertidumbre.
Ahora lo contemplas
con la serenidad de quien aprendió
que todo llega cuando el alma está lista.
Aquellos lugares
que alguna vez fueron refugio,
hoy solo son recuerdos.
Porque construiste otros,
más pequeños, más sinceros,
hechos con la calma de tu alma.
Las prioridades que hoy abrazas
nacieron del dolor,
del amor propio que un día decidió despertar,
de esa promesa callada
de no volver a abandonarte por nadie.
Y aunque el tiempo
continúe corriendo sin tregua,
aprendiste a caminar junto a él;
ni persiguiéndolo,
ni huyendo de su paso,
sino danzando al compás
de tu propia transformación.
Entonces comprendes
que la verdadera fuerza
nunca estuvo en resistirlo todo,
sino en saber soltar
aquello que ya no era hogar.
En elegir la ternura
como un acto de valentía,
en convertir cada despedida
en un nuevo comienzo,
cada cambio
en una oportunidad para encontrarte.
El 2027 se acerca,
y no llegas únicamente con más años;
llegas con más cicatrices convertidas en luz,
con más calma,
con más verdad,
con más alma.
Porque crecer
no es olvidar a quien fuiste.
Es tomar su mano con amor,
agradecerle el camino recorrido
y seguir adelante,
con la certeza de que la mujer que hoy eres
es el abrazo que aquella versión de ti
siempre estuvo esperando.
